Que nuestro nombre es, quizás, nuestro mayor rasgo de identidad, constituye una evidencia que pocos se atreverían a cuestionar; una denominación que no solo dice quiénes somos, sino que también se halla en todo documento de índole oficial. Sin embargo, y aunque nunca se nos ocurriría registrarnos con uno falso en un contexto burocrático, no sucede lo mismo en la red, donde algunas herramientas permiten a sus usuarios inscribirse mediante seudónimos o similares.