No se ama a México, se aprende a quererlo. Amo y odio a mi país con la misma intensidad y quien diga lo contrario será un farsante. Aquí he vivido lo más bello y he visto la miseria humana en su máxima expresión también. Un día en este país es todo: un viaje en el tiempo, la sinfonía inconclusa de una decadencia supina y estridente, la magia que brota de las vecindades, la corrupción a la vuelta de la esquirla, el amor en los tiempos del narcólera, una gastronomía con vida propia, el conocimiento ancestral usa...