Lo conocí en mi adolescencia. Leí en un folleto el poema Insomnio. Lo leí sin saber bien lo que significaba e ignorando la métrica, pero lo sentí como pocas experiencias entonces. No había opciones para descubrir más de mi ídolo; en casa, nada; en las pírricas bibliotecas a las que acudía, tampoco. No fue un vago deseo de leerlo, sino una ardorosa impaciencia por conocerlo. En mis años de universidad volví a él. Primero la antología titulada fútilmente Las mejores poesías de Antonio Plaza (Época, 1998) y quedé...