Estuve más de un mes y medio con las ganas de llorar, pero no podía hacerlo. Simplemente no había tiempo para el llanto. Todo comenzó poco antes de las 13:00 horas, parecía un día tranquilo en los que la jornada laboral podría terminar pronto. Con esa idea conducía mi vehículo muy cerca de Las Palmas cuando hice un alto para pagar el servicio telefónico. Justo me detuve cuando inició la vorágine: todo comenzó a moverse, ante mí un poste se mecía como mástil de barco, reventaron cables de luz y alcancé a quitarm...