“Ok boomer.”
Anónimo.
Comienzo explicando la expresión del epígrafe en este artículo. La generación Z al escuchar sugerencias o consejos de gente mayor que ellos, les aplican esta frase para desestimar condescendientemente consejos o actitudes de generaciones mayores. Así que, si alguno de ustedes la ha escuchado, no se sienta ofendido. Ya saben que no tomarán en cuenta sus palabras.
Ayer domingo por la mañana, cuando me preparaba para escribir este artículo, recibí una llamada de dos grandes amigos de antaño. Brenda Cantú y Francisco Lozano. Nos conocimos en China cuando éramos estudiantes becarios. Yo tenía 20 años de edad, por lo que ya hace 46 años, prácticamente, que hemos cultivado la flor de la amistad. Decía, recibí su llamada para hablar sobre la realización de un proyecto que atañe justamente a las nuevas generaciones. Acepté inmediatamente porque lo creo justo y necesario. Les comenté que, precisamente esta semana, mi mente había estado analizando las características de la generación en mención, y que ese era mi tema para mi siguiente artículo. Así que, espero que llame la atención de las nuevas generaciones y que sirva para nosotros, los baby boomers, para entenderlos mejor.
La llamada Generación Z —jóvenes nacidos aproximadamente entre mediados de los años noventa y la década de 2010— no solo representa un relevo demográfico, sino un punto de inflexión cultural. Criados en un entorno digital, hiperconectado y atravesado por crisis globales (económicas, sanitarias, climáticas), estos jóvenes han desarrollado expectativas particulares sobre la sociedad futura. Comprenderlas no es un ejercicio académico menor: es una necesidad urgente para orientar políticas públicas, educación, convivencia social y, especialmente, la construcción de una cultura de paz.
En términos generales, la Generación Z espera una sociedad más inclusiva, equitativa y auténtica. A diferencia de generaciones anteriores, muestra una mayor sensibilidad hacia temas como la diversidad, la salud mental, la justicia social y el medio ambiente. Para ellos, el éxito no se mide exclusivamente en términos económicos, sino también en bienestar emocional, equilibrio de vida y propósito personal. Asimismo, demandan instituciones más transparentes y menos jerárquicas, así como espacios donde su voz tenga un peso real.
Sin embargo, estas aspiraciones conviven con una paradoja profunda: la misma tecnología que ha permitido a esta generación informarse, conectarse y movilizarse también ha generado riesgos cognitivos y sociales significativos. Aquí es donde resulta pertinente vincular este artículo con el libro “La fábrica de cretinos digitales” del neurocientífico Michel Desmurget. En esta obra, el autor lanza una crítica contundente al uso excesivo de pantallas en niños y jóvenes, argumentando que el consumo desmedido de contenido digital —especialmente de baja calidad— afecta negativamente el desarrollo cognitivo, el lenguaje, la atención y la capacidad crítica.
Desmurget no plantea una postura tecnofóbica, sino una advertencia sustentada en evidencia científica: el problema no es la tecnología en sí, sino su uso indiscriminado y sin mediación. Según su análisis, estamos ante una generación potencialmente brillante, pero expuesta a entornos digitales que favorecen la distracción, la superficialidad y la dependencia inmediata de estímulos. Esto entra en tensión directa con las aspiraciones profundas de la Generación Z: ¿cómo construir una sociedad más justa, crítica y empática si los procesos cognitivos están debilitados por el exceso de consumo digital?
Aquí me detengo un poco. Quienes nos dedicamos al tema de las redes o somos creadores digitales, hemos aprendido que en esto siempre hay cambios. Uno de ellos, es que como esta generación consume todo lo que puede en el menor tiempo posible, ya no se puede dar información que tarde mucho tiempo. Los videos se deben hacer en un máximo de un minuto. Y eso es mucho. Actualmente tienes que buscar que la información se dé, si es posible, en 30 segundos. De lo contrario, se pasan al siguiente video.
Frente a este escenario, la pregunta no es si la Generación Z logrará construir una mejor sociedad, sino bajo qué condiciones podrá hacerlo. En este sentido, es posible delinear una propuesta integral orientada a fortalecer tanto sus aspiraciones como sus capacidades:
Primero, es indispensable replantear el modelo educativo. La educación no puede seguir centrada únicamente en la memorización o en contenidos fragmentados. Se requiere un enfoque que desarrolle pensamiento crítico, autorregulación emocional, habilidades de diálogo y resolución pacífica de conflictos. La mediación, por ejemplo, puede integrarse como una herramienta transversal para fomentar la cultura de paz desde edades tempranas.
Segundo, es urgente establecer una alfabetización digital consciente. No basta con saber usar dispositivos; es necesario aprender a gestionar el tiempo en pantalla, identificar contenidos de calidad, desarrollar atención sostenida y fomentar espacios de desconexión. La tecnología debe ser una herramienta al servicio del desarrollo humano, no un sustituto de la experiencia real.
Tercero, se debe fortalecer el tejido comunitario. La Generación Z valora la autenticidad y la conexión significativa, pero muchas veces carece de espacios físicos donde construirla. Promover actividades culturales, deportivas, comunitarias y de participación ciudadana puede contrarrestar el aislamiento digital y generar sentido de pertenencia.
Cuarto, es fundamental priorizar la salud mental como eje de política pública. Ansiedad, depresión y estrés son problemáticas crecientes en esta generación. Una sociedad futura sana no puede construirse con individuos emocionalmente desbordados. Aquí, nuevamente, la mediación y la cultura de paz pueden desempeñar un papel clave al ofrecer herramientas para la gestión emocional y la resolución de conflictos interpersonales.
Finalmente, se requiere un cambio de narrativa social. Durante décadas, se ha promovido una idea de éxito basada en la competencia, el consumo y la acumulación. La Generación Z ya está cuestionando este paradigma. La tarea de la sociedad es acompañar ese cuestionamiento con propuestas viables que integren bienestar, sostenibilidad y justicia social.